Al hablar de Estado, la primera imagen que construimos en nuestra mente, es la de una gran estructura que asemeja a un edificio antiguo, pulcro y distante, una especie de Olimpo que flota sobre nosotros, nos observa y controla, establece los limites de nuestro accionar basado en la legalidad y si en algún momento de él o peor aún, despreciamos su carta de navegación, este nos caerá con toda su fuerza legal. De esta forma, al convertirnos en ciudadanos, no sólo obtenemos derechos, que la sociedad sobrevalora, sino que también establecemos un vínculo irrenunciable e indefinido con el Estado.
Esta imagen decimonónica del Estado aún posee plena vigencia en los albores del siglo XXI, siendo construida o reconstruida constantemente por el gobierno de turno, por la clase política, los poderes económicos, las instituciones de seguridad y la propia ciudadanía. Esta última llegando a tal grado de domesticación, que no concibe otro tipo de Estado, exigiendo incluso, en determinadas coyunturas políticas y sociales, la intervención del aparato estatal para llamar al orden y control de la propia ciudadanía.
Esta imagen casi sacra del Estado olvida un punto importante; que esta superestructura política y legal, es una construcción de la propia ciudadanía o más bien de un grupo especial de ciudadanos, la elite, los vencedores. Según Galeano (Estos puntos expresados en una entrevista, concedida por Eduardo Galeano en Agosto de 1988) el Estado está construido por hombres blancos, de clase acomodada y militares que se levanta desde las clases dominantes y nos habla con el lenguaje del poder; la elite ciudadana crea y domina el Estado, utilizando la fuerza sobre el resto de los ciudadanos, quienes serían los vencidos, los subyugados, las mujeres, los indígenas y los pobres.
Salazar nos dice: “El ciudadano no es ni puede ser periférico” (Historia contemporánea de Chile. Tomo I, Estado, legitimidad y ciudadanía. Lom Ediciones 1999 pp 7 y 8.)
Sin embargo, frente a un Estado controlador, tanto de la población, como el territorio, soberanía y legalidad, el ciudadano sigue anclado en la periferia y la marginalidad, con escaso margen de acción, de hecho la ciudadanía es observada en permanente infancia, sin la capacidad de tomar decisiones y de hacerlo esta condenada al fracaso y la anarquía, sólo la elite estatal puede educar y ordenar a esta bárbara ciudadanía. El propio “arquitecto” del Estado chileno, adjetivo entregado por una parte importante de la historiografía tradicional, el ministro Diego Portales Palazuelos, escribe ácidas y reveladoras letras, acerca del rol del Estado y la Ciudadanía en la sociedad chilena del siglo XIX:
“La democracia que tanto pregonan los ilusos, es un absurdo en los países como los americanos, llenos de vicios y donde los ciudadanos carecen de toda virtud, como es necesario para establecer una verdadera república. La república es el sistema que hay que adoptar; ¿pero sabe cómo yo la entiendo para estos países? Un gobierno fuerte, centralizador, cuyos hombres sean verdaderos modelos de virtud y patriotismo, y así enderezar a los ciudadanos por el camino del orden y de las virtudes. Cuando se hayan moralizado, venga el gobierno completamente liberal, libre y lleno de ideales, donde tengan parte todos los ciudadanos. Esto es lo que yo pienso y todo hombre de mediano criterio pensará igual” Lima, Marzo de 1822. (Los problemas políticos de Chile; Documentos oficiales y administrativos. En Ideas y confesiones de Portales / [compilación y comentarios de] Raúl Silva Castro. Santiago : Edit. Del Pacifico, 1954. 152 p.)
Este extracto de las cartas del ministro a su socio José M. Cea, refleja la esencia del “Estado en forma” (Concepto trabajado por Oswald Spengler en La decadencia de Occidente) que se construye en el siglo XIX y que lucha por no perder vigencia casi 200 años después, en sus frases Portales descalifica al ciudadano promedio, lo trata de iluso y sin virtudes, sin la capacidad de gobernarse y con la necesidad de ser permanentemente dirigidos, lo único valioso para este triministro conservador, es un gobierno fuerte y centralizado, manejado por ejemplos de “Virtud” y “Patriotismo” ¿Quiénes? La elite burguesa y aristocrática, representada por sus pares, los verdaderos patriotas, la real esencia del Chile que conocemos.
Estas letras que representan lo más básico del carácter portaliano y no se si me atrevería a llamarla “Ideología portaliana”, pueden resultar chocantes e incluso desagradables para los ciudadanos del siglo XXI, pero tienen vigencia en cuanto discurso político que se hace en honor a la seguridad y la paz ciudadana, aumentando de esta forma la represión y el miedo en el ciudadano común.
“Un gobierno débil que no le pone la mano dura a la delincuencia y jueces que se convierten en un peligro para la sociedad, son una mezcla explosiva que hacen a la gente sentirse muy atemorizada” (La tercera, 5 de Julio del 2007, Hernán Larraín. Timonel UDI)
La construcción del Estado nacional ha sido un proceso en el cual la ciudadanía no ha intervenido, es más, ha sido avasallada por los poderes fácticos que conforman esta estructura. Michel Walzer (Profesor de Ciencias Sociales en el Instituto Advance Study of Princeton. Autor de “Tratado sobre la tolerancia”) afirma que “Ningún Estado puede durar mucho tiempo si se aleja por completo de la sociedad civil”, ante esto uno se pregunta: ¿Qué ha pasado en Chile, todo este tiempo? ¿Cómo un Estado, según Walzer, que ha servido de instrumento a la oligarquía de turno, aún se mantiene en pie? Las razones pueden ser muchas, pero la que más se acerca a responder esta interrogante, es la legitimidad que la propia ciudadanía le ha entregado a este Estado represor.
Gabriel Salazar afirma que:
“El proceso de construcción de Estado se inicio en Chile con un creciente dialogo ciudadano. Primero dentro de cada cabildo. Luego, en un congreso nacional constituido por una federación de cabildos, fue, al principio una convención general de pueblos” (Historia contemporánea de Chile. Tomo I, Estado, legitimidad y ciudadanía. Lom Ediciones 1999 p 29)
¿Qué ocurrió con este Estado ciudadano? El mismo Salazar nos dice que en la revolución pelucona de 1829 fue clausurado a sangre y fuego. A pesar del aplastamiento de este “Estado ciudadano” cuyo principal caudillo inspirador fue Ramón Freire, la ciudadanía siguió apoyando una estructura institucional que no la representaba.
“Se concluye que el célebre orden institucional chileno ha sido, en cada caso, obra de un estadista genial, y de solo uno, de manera que el orgullo nacional por el orden ha debido extenderse por reduccionismo patriótico, al genio de sus creadores” (Construcción de Estado en Chile (1800 – 1837). Democracia de los pueblos, militarismo ciudadano. Golpismo oligárquico. Editorial Sudamericana 2005. p 15.)
La ciudadanía ha consentido la imposición de este Estado oligárquico, no sólo por costumbre, tradición patriótica o seguridad; la ciudadanía ha legitimado este Estado, porque ha sido domesticada, suprimida en esencia, se le ha convencido que la eficiencia estatal se basa en el orden y el control, incluso en determinados momentos históricos, la propia ciudadanía chilena, en su particular estilo, ha pedido, es más, ha exigido que el Estado la intervenga, la sofoque, la oprima:
“Al ser celebrada la estabilidad y recurrencia del orden establecido por los estadistas Portales, Alessandri, Ibáñez y Pinochet, y al heroificarse a sus restauradores, no se ha hecho otra cosa que exaltar los valores patrióticos del autoritarismo, arbitrariedad gubernamental y represión a los derechos cívicos y humanos” (Construcción de Estado en Chile (1800 – 1837). Democracia de los pueblos, militarismo ciudadano. Golpismo oligárquico. Editorial Sudamericana 2005. p 19)
En suma el Estado opresor ha sido exitoso, en la medida que la ciudadanía ha aceptado su subordinación.
Francisco Venegas
Profesor de Historia.
Magister© en Historia. ARCIS.

