¿Rendir o sufrir la P.S.U.?

por Francisco Venegas

Falta menos de un mes para que nuestros jóvenes rindan la prueba de selección universitaria… corrección, “sufran” la P.S.U, por que no hay duda que esta bendita prueba ha sido y es un sufrimiento para cualquier estudiante chileno, en ella se definen muchos proyectos y sueños, que son cruciales en el paso de la juventud a la adultez. Este ensayo, tiene por objetivo analizar este instrumento de evaluación estándar, motivo de tantos desvelos para nuestros estudiantes.

Antes de ser llamado P.S.U. todos lo conocíamos como P.A.A. (Prueba de actitud académica), la primera vez que se rindió fue en el año 1967, reemplazando a los bachilleratos que organizaba la Universidad de Chile y la Pontificia Universidad Católica, para seleccionar a sus estudiantes, test que era muy complejo y confuso en sus criterios de evaluación, calificación y selección. La creación de la P.A.A. estuvo a manos del DEMRE (departamento de evaluación, medición y registro educacional) perteneciente a la Universidad de Chile, la cual no solo tendría la responsabilidad de crear las pruebas de lenguaje, matemáticas y las específicas, sino también la propiedad intelectual de estas, agregándose el año 1984 la obligatoriedad de la prueba de historia. La pregunta lógica que nos deberíamos hacer en este punto es:
¿Para que servía la PAA? ¿Qué objetivos tenía?
Para empezar podemos decir que las grandes universidades occidentales, tienen sus propios criterios de selección, que se miden a través de test confeccionados por estas casas de estudios, lo cual sirve para filtrar y clasificar a sus estudiantes, junto con esto los centros de estudios secundarios, tienen sus pruebas, que miden la calidad de su enseñanza y el ritmo de sus aprendizajes, que sirven como complemento a la selección universitaria. Frente a esta realidad, Chile no quería estar ajeno, especialmente con el auge de la educación universitaria de los 60′, potenciada por el clima social y la gratuidad de esta, naciendo de esta forma la PAA, para aunar y uniformar criterios comunes en el ingreso a las universidades chilenas, cada institución otorgaría un porcentaje especial a cada prueba, según la carrera a la cual se postulaba, con dicho puntaje. La PAA media habilidades y conocimientos, muchos estudiantes con poco éxito en la educación secundaria, tenían la oportunidad de entrar a la universidad con un buen puntaje, por otro lado un estudiante destacado, podía ver sus sueños frustrados con esta evaluación, por esto y en forma progresiva, esta prueba comenzó a convertirse en la bestia negra de los estudiantes secundarios, este fenómeno se potencio en los años 70′, debido a la coyuntura política. En Septiembre de 1973, posterior al golpe de Estado, la educación universitaria perdió su gratuidad, se estableció un crédito fiscal limitado y la PAA se convirtió en un eficaz filtro, en palabras simples, un joven, que pertenezca a una familia con dinero, podía pagar una mejor educación y era exitoso en esta prueba, pero un joven con escasos recursos, tendría pocas posibilidades de optar por la continuación de sus estudios secundarios, de esta forma la PAA se convierte en una nueva forma de discrimación. La administración de este instrumento, se legalizo con la reforma de 1982, bajo la sombra de la ministra de educación de la época Mónica Madariaga, los porcentajes fueron devastadores, de 100 jóvenes que rinden la prueba, solo 15 tienen cupo en las universidades estatales. Esta claro que un instrumento evaluativo, que funciona de esta forma, que no atiende a la diversidad, es nefasto para nuestros estudiantes, para propiciar un cambio, hacia falta una decisión política y tomando en cuenta el ambiente político del gobierno militar, era ingenuo pensar, que se haría alguna reforma que favoreciera a los estudiantes más pobres. Con el regreso de la democracia en 1989, habían muchos cambios pendientes y obviamente el sistema educacional era uno de ellos, la nueva reforma educativa de los 90′, proponía crear una educación democrática, participativa, que potenciara el aprendizaje activo, significativo y que atendiera a la diversidad cognitiva, ante este panorama, un instrumento como la PAA no encaja en este nuevo paradigma, sin embargo su transformación no solo es un tema político, ahora es económico. ¿Por qué?

En sus casi 30 años de existencia, la PAA se había convertido en un rentable negocio para la Universidad de Chile y capitales privados. La casa de Bello, tiene una ganancia por cada prueba que crea y corrige, el costo individual no supera los 4.000 pesos chilenos, pero cada estudiante cancela un costo cercano a los 20.000 pesos chilenos, los que ya han salido y dan la prueba por segunda o tercera vez, cancelan la módica suma de 25.000 pesos chilenos, ¿buen negocio, cierto? Las universidades han debatido el tema de la licitación de esta prueba, pero el argumento de la Universidad de Chile, es que el DEMRE tiene la propiedad intelectual sobre las pruebas, por lo cual no se puede licitar, un bien que es de exclusiva propiedad de esta casa de estudios. ¿Por qué no crear una prueba diferente entonces? Bueno los intentos se hicieron, de nuevo la Universidad de Chile, ahora acompaña por la Pontificia Universidad Católica, implementaron el proyecto SIES, una nueva prueba que midiera la reforma educacional, con desarrollo, preguntas con múltiples respuestas correctas, que no mediría conocimientos, sino que porcentajes de este, atendiendo a la diferencia lógica de los aprendizajes de cada alumno y además más barata, ya que dos universidades estarían a cargo de ella, se comenzaría aplicar desde el año 2002, sin embargo por razones poco claras, se estancó el proyecto y se creo la PSU, administrado solo por la Universidad de Chile, pensada como prueba de transición hasta el año 2006. ¿Esta PSU es diferente? Solo en contenidos, se agregaría un REMIX de los contenidos de los 4 años de secundaria, pero en esencia es lo mismo, una prueba estándar, de selección múltiple, pagada y contradictoria con la reforma educacional del aula.

Los capitales privados también tienen mucho que perder en un cambio de este instrumento, ya que los Preuniversitarios han sido sus principales inversiones, muy rentables en los últimos años, en teoría los estudiantes necesitan solo la educación secundaria, para enfrentar el desafío de la PSU, sin embargo en la práctica no es así, un estudiante que pertenece a familias de clase media y alta, puede pagar una mejor educación y a la vez un Preuniversitario de prestigio, asegurándose así un buen puntaje, aumentando la brecha con los estudiantes pobres de colegios municipalizados, que de nuevo son la mayoría nacional. Cada año los colegios particulares, henchidos de orgullo, publican los puntajes nacionales o regionales de sus egresados, pero omiten un dato relevante: Muchos de estos puntajes, no son solo por la alta calidad de su educación, sino por la solvencia económica para pagar un buen preuniversitario. Esto crea un maldito ciclo circular, en el cual los colegios que siguen con su educación conductista, tradicionalista que solo busca puntajes, más que enseñar, son exitosos en la PSU y SIMCE (Test que da para otro ensayo) por consecuencia tienen mayores matrículas y financiamiento, por otro lado los colegios que se preocupan de enseñar, no solo contenidos, sino que valores, trabajo colaborativo, fracasan en este tipo de evaluaciones y tiene baja matrícula.
Ante este panorama, cambiar la prueba que define la entrada de los alumnos a la universidad, es una tarea casi imposible, si pensamos en los intereses que hay detrás de ella y que obviamente, no tienen nada que ver con la calidad de la educación. Cambiarla o terminarla es una decisión política, los estudiantes movilizados en Mayo y Junio de este año, piden gratuidad en el pago, pero eso no es suficiente, el sistema requiere de un cambio profundo. Por ahora nuestros jóvenes seguirán sufriendo la PSU, por varios años más.

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