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Estado Opresor y Ciudadanía Subordinada

Al hablar de Estado, la primera imagen que construimos en nuestra mente, es la de una gran estructura que asemeja a un edificio antiguo, pulcro y distante, una especie de Olimpo que flota sobre nosotros, nos observa y controla, establece los limites de nuestro accionar basado en la legalidad y si en algún momento de él o peor aún, despreciamos su carta de navegación, este nos caerá con toda su fuerza legal. De esta forma, al convertirnos en ciudadanos, no sólo obtenemos derechos, que la sociedad sobrevalora, sino que también establecemos un vínculo irrenunciable e indefinido con el Estado.

Esta imagen decimonónica del Estado aún posee plena vigencia en los albores del siglo XXI, siendo construida o reconstruida constantemente por el gobierno de turno, por la clase política, los poderes económicos, las instituciones de seguridad y la propia ciudadanía. Esta última llegando a tal grado de domesticación, que no concibe otro tipo de Estado, exigiendo incluso, en determinadas coyunturas políticas y sociales, la intervención del aparato estatal para llamar al orden y control de la propia ciudadanía.

Esta imagen casi sacra del Estado olvida un punto importante; que esta superestructura política y legal, es una construcción de la propia ciudadanía o más bien de un grupo especial de ciudadanos, la elite, los vencedores. Según Galeano (Estos puntos expresados en una entrevista, concedida por Eduardo Galeano en Agosto de 1988) el Estado está construido por hombres blancos, de clase acomodada y militares que se levanta desde las clases dominantes y nos habla con el lenguaje del poder; la elite ciudadana crea y domina el Estado, utilizando la fuerza sobre el resto de los ciudadanos, quienes serían los vencidos, los subyugados, las mujeres, los indígenas y los pobres.

Salazar nos dice: “El ciudadano no es ni puede ser periférico” (Historia contemporánea de Chile. Tomo I, Estado, legitimidad y ciudadanía. Lom Ediciones 1999 pp 7 y 8.)

Sin embargo, frente a un Estado controlador, tanto de la población, como el territorio, soberanía y legalidad, el ciudadano sigue anclado en la periferia y la marginalidad, con escaso margen de acción, de hecho la ciudadanía es observada en permanente infancia, sin la capacidad de tomar decisiones y de hacerlo esta condenada al fracaso y la anarquía, sólo la elite estatal puede educar y ordenar a esta bárbara ciudadanía. El propio “arquitecto” del Estado chileno, adjetivo entregado por una parte importante de la historiografía tradicional, el ministro Diego Portales Palazuelos, escribe ácidas y reveladoras letras, acerca del rol del Estado y la Ciudadanía en la sociedad chilena del siglo XIX:

“La democracia que tanto pregonan los ilusos, es un absurdo en los países como los americanos, llenos de vicios y donde los ciudadanos carecen de toda virtud, como es necesario para establecer una verdadera república. La república es el sistema que hay que adoptar; ¿pero sabe cómo yo la entiendo para estos países? Un gobierno fuerte, centralizador, cuyos hombres sean verdaderos modelos de virtud y patriotismo, y así enderezar a los ciudadanos por el camino del orden y de las virtudes. Cuando se hayan moralizado, venga el gobierno completamente liberal, libre y lleno de ideales, donde tengan parte todos los ciudadanos. Esto es lo que yo pienso y todo hombre de mediano criterio pensará igual” Lima, Marzo de 1822. (Los problemas políticos de Chile; Documentos oficiales y administrativos. En Ideas y confesiones de Portales / [compilación y comentarios de] Raúl Silva Castro. Santiago : Edit. Del Pacifico, 1954. 152 p.)

Este extracto de las cartas del ministro a su socio José M. Cea, refleja la esencia del “Estado en forma” (Concepto trabajado por Oswald Spengler en La decadencia de Occidente) que se construye en el siglo XIX y que lucha por no perder vigencia casi 200 años después, en sus frases Portales descalifica al ciudadano promedio, lo trata de iluso y sin virtudes, sin la capacidad de gobernarse y con la necesidad de ser permanentemente dirigidos, lo único valioso para este triministro conservador, es un gobierno fuerte y centralizado, manejado por ejemplos de “Virtud” y “Patriotismo” ¿Quiénes? La elite burguesa y aristocrática, representada por sus pares, los verdaderos patriotas, la real esencia del Chile que conocemos.

Estas letras que representan lo más básico del carácter portaliano y no se si me atrevería a llamarla “Ideología portaliana”, pueden resultar chocantes e incluso desagradables para los ciudadanos del siglo XXI, pero tienen vigencia en cuanto discurso político que se hace en honor a la seguridad y la paz ciudadana, aumentando de esta forma la represión y el miedo en el ciudadano común.

“Un gobierno débil que no le pone la mano dura a la delincuencia y jueces que se convierten en un peligro para la sociedad, son una mezcla explosiva que hacen a la gente sentirse muy atemorizada” (La tercera, 5 de Julio del 2007, Hernán Larraín. Timonel UDI)

La construcción del Estado nacional ha sido un proceso en el cual la ciudadanía no ha intervenido, es más, ha sido avasallada por los poderes fácticos que conforman esta estructura. Michel Walzer (Profesor de Ciencias Sociales en el Instituto Advance Study of Princeton. Autor de “Tratado sobre la tolerancia”) afirma que “Ningún Estado puede durar mucho tiempo si se aleja por completo de la sociedad civil”, ante esto uno se pregunta: ¿Qué ha pasado en Chile, todo este tiempo? ¿Cómo un Estado, según Walzer, que ha servido de instrumento a la oligarquía de turno, aún se mantiene en pie? Las razones pueden ser muchas, pero la que más se acerca a responder esta interrogante, es la legitimidad que la propia ciudadanía le ha entregado a este Estado represor.

Gabriel Salazar afirma que:
“El proceso de construcción de Estado se inicio en Chile con un creciente dialogo ciudadano. Primero dentro de cada cabildo. Luego, en un congreso nacional constituido por una federación de cabildos, fue, al principio una convención general de pueblos” (Historia contemporánea de Chile. Tomo I, Estado, legitimidad y ciudadanía. Lom Ediciones 1999 p 29)

¿Qué ocurrió con este Estado ciudadano? El mismo Salazar nos dice que en la revolución pelucona de 1829 fue clausurado a sangre y fuego. A pesar del aplastamiento de este “Estado ciudadano” cuyo principal caudillo inspirador fue Ramón Freire, la ciudadanía siguió apoyando una estructura institucional que no la representaba.

“Se concluye que el célebre orden institucional chileno ha sido, en cada caso, obra de un estadista genial, y de solo uno, de manera que el orgullo nacional por el orden ha debido extenderse por reduccionismo patriótico, al genio de sus creadores” (Construcción de Estado en Chile (1800 – 1837). Democracia de los pueblos, militarismo ciudadano. Golpismo oligárquico. Editorial Sudamericana 2005. p 15.)

La ciudadanía ha consentido la imposición de este Estado oligárquico, no sólo por costumbre, tradición patriótica o seguridad; la ciudadanía ha legitimado este Estado, porque ha sido domesticada, suprimida en esencia, se le ha convencido que la eficiencia estatal se basa en el orden y el control, incluso en determinados momentos históricos, la propia ciudadanía chilena, en su particular estilo, ha pedido, es más, ha exigido que el Estado la intervenga, la sofoque, la oprima:

“Al ser celebrada la estabilidad y recurrencia del orden establecido por los estadistas Portales, Alessandri, Ibáñez y Pinochet, y al heroificarse a sus restauradores, no se ha hecho otra cosa que exaltar los valores patrióticos del autoritarismo, arbitrariedad gubernamental y represión a los derechos cívicos y humanos” (Construcción de Estado en Chile (1800 – 1837). Democracia de los pueblos, militarismo ciudadano. Golpismo oligárquico. Editorial Sudamericana 2005. p 19)

En suma el Estado opresor ha sido exitoso, en la medida que la ciudadanía ha aceptado su subordinación.

Francisco Venegas
Profesor de Historia.
Magister© en Historia. ARCIS.

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Gabriel Salazar, Construcción de Estado en Chile (1800-1837)

Democracia de los pueblos Militarismo ciudadano. Golpismo Oligárquico

El Estado, todo Estado es una construcción.,la historia, la memoria, la realidad ,las estructuras se construyen a través de los tiempos por las acciones de los hombre y los grupos sociales, así el estado chileno es un construcción , que se ordena, se constituye se estructura de acuerdo a los procesos históricos y políticos, a la lucha de fuerzas políticas a las ideas en juego, que son impulsadas, representadas por los actores que las ponen en escena, en ese juego y choque de ideas y de fuerzas, se construye y ordena la realidad y la memoria.

Salazar parte de una pregunta de actualidad, cómo podría ser una propuesta política alternativa al orden actual, “a la democracia neoliberal que rige hoy en Chile”, y en la búsqueda de esa respuesta se sumerge en un país donde no existía el “orden portaliano” y dónde aun no cristalizaba la estructura del Estado, en el “tiempo madre”, la “sopa inicial”, esa exploración “se convirtió en una investigación formal y luego en un compromiso personal y político. Allá vamos.

Así la añosa época de la independencia se desempolva de las batallas, fechas y héroes establecidos, la memoria anquilosada se remueve para dar paso a una nueva lectura revitalizadora activa, viva, y sorprendentemente actual. Este libro tiene la virtud siempre buscada pero no siempre lograda, de poner de pie toda la historia del país, los héroes los valores patrios, la historiografía, la política, nada queda en el lugar en que había sido establecido como verdad última. Sorprendente.

El Estado es una construcción como lo es la realidad, la historia, la política, la constitución y en ello reside el mayor acierto de este libro en mostrar, fundadamente, fuerzas en juego, que tomaron decisiones y posiciones, los porfiados hechos, que el Estado de Chile y el “orden en si” no es fruto del azar sino de los hombres y sus intereses, la estructura estatal se basa en la legitimidad y esta, para Salazar asociada a la eficacia de un proyecto político, indican que el balance del orden portaliano es el fracaso. No hay legitimidad sin soberanía popular, ni eficacia de un proyecto de país sin desarrollo, en todo ello el orden portaliano y sus impulsores han sido un fracaso.

Pues se ha constituido un orden político estable y duradero, pero sin participación ciudadana y sin desarrollo, sino autoritario, arbitrario, centralista, mercantil y represivo, con una idea invertida de los valores sociales.

Que es entonces lo que el Patriciado Mercantil de Santiago destruye hacia 1830 y como lo logra es el centro del libro, “desnudar la verdadera naturaleza del proyecto de orden hegemónico que expropió y enajenó la memoria ciudadana de los chilenos”. En este caso si quieren saber deben leerlo. Y contrario a otros, este libro de G. Salazar, esta escrito en lenguaje cercano, accequible para todos, de lectura rápida, pero no menos atenta. Si estiman compleméntenlo con algunos clásicos para conceptos como soberanía, constitución, estado, legitimidad, democracia. Bueno, uno siempre puede estar de acuerdo en todo con el autor o no, pero cada afirmación esta fundada y respaldada en las fuentes correspondientes. Un libro de alto vuelo en historia y politología.

Si les gusta leer palabras como Revolución y contrarrevolución, fuerzas en pugna, una generación de jóvenes milicianos de 1822 abanderados con las ideas de soberanía popular, democracia de los pueblos, federalismo, productivismo local, entonces este es su libro de navidad. En definitiva un libro imprescindible, recomendado para un debate de ideas y un café a lo menos.

Manuel López Castillo.
Profesor de Historía y Geografía.
Magíster en Ciencias Políticas (c)

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El día después: Bachelet, Pinochet, los nietos y los demás….

por Manuel López*

Fueron los romanos quienes refinaron la puesta en escena de acciones con importancia política, en la república descubrieron la trascendencia de los mensajes públicos verbales y no verbales, lo que se denomina en teatro la puesta en escena y en la cocina la puesta en plato, la presentación, tanto o más importante que el plato mismo, en definitiva lo que fuerza y provoca el primer impacto por la vista. Es lo que hemos visto en estos días un hecho que todos sabíamos que ocurriría, más temprano que tarde Pinochet se moriría, y los diferentes actores del teatro político prepararon sus papeles.

El año 2006 estará marcado como el de la muerte de Pinochet, la movilización espontánea de la gente a favor y en contra, la expectación mundial, la tensión del ambiente, han convertido un funeral en el hecho político más importante de los últimos años, y quien lo podría dudar ¡sólo el vocero de gobierno!. Pero un hecho político mayor obviamente tiene implicancias que trascienden a cualquier ministro vocero, a mi modo enumeraré tres: Pinochet, Bachelet y el Ejército, en el entendido que la política está definida por lo que nos es común y nos afecta a todos los habitantes del país:

1) Pinochet: Por alguna razón a los chilenos nos gusta decir que somos especiales, que nuestro modelo económico y político, la bandera, el himno, los límites y un largo etcétera, así decimos que Pinochet es diferente a otros gorilas del continente, ¡que no había robado se llegó ha decir!!!, lo siento “chilito”, robó como cualquier dictador, violó los derechos humanos como todos los dictadores, actuó al ritmo de la música norteamericana como todos los oficiales de los ejércitos latinoamericanos que han pasado por la Escuela de las Américas y se han educado en la doctrina de seguridad nacional, y finalmente se entregó a las decisiones estratégicas de la oligarquía nacional como todos los golpistas latinoamericanos. Y murió en la impunidad igual que todos ellos. No somos diferentes.

La decisión del golpe de estado, día y hora estaba definida sin Pinochet, fue la Armada, como en 1891 y 1924, quien decidió actuar como brazo armado, quebrar la Constitución y poner fin al régimen democrático. Fue la Fuerza Aérea, Leigh quien decidió jugar el papel de la mayor fuerza represiva, cada actor quiso su parte en el botín de la historia. Pero la decisión mayor estaba definida por Edwards y Nixon, el rumbo a seguir por la cofradía de la armada, la refundación oligárquica del país ante el avance logrado por la mayoría de los ciudadanos a través del sistema democrático en un largo proceso de movilizaciones populares. Estaba decidida por esa oligarquía que vio con temor el fin de los latifundios y el peonaje, herederos de las mercedes y encomiendas. Depende del autor que sigamos, podemos decir que el fin del latifundio marca el quiebre social y político del país, o la necesidad del orden portaliano y el peso de la noche.

Jaime Guzmán y toda la derecha vió como se desmoronaba la España franquista, y por ello su preocupación por el modelo, la obra debía perdurar, ha sido el papel de la UDI mantener la obra, y el acuerdo de la transición fue no realizar modificaciones de fondo sólo maquillaje, el acto del presidente Lagos al firmar las reformas constitucionales no cambian la esencia de la constitución del ochenta, esto es, sin soberanía popular, autoritaria, de presidencialismo reforzado, centralista y sin espacios a reformas trascendentes, ni plebiscitos ni asambleas constituyentes, como informó The Economist “una democracia imperfecta”.

Pinochet fue el capataz que puso orden en el fundo, al peonazgo alzado, fue el verdugo que ejecutó la venganza, y el encargado de demostrar una lección que el rotaje no olvide fácilmente, que la haga trascendente, que traume sus aspiraciones, por ello la operación retiro de televisores tiene una doble trascendencia, demostrar que la fuerza esta sobre la justicia y dejar una marca irreparable en la memoria colectiva, los desaparecidos deben quedar en la memoria colectiva como ejemplo permanente del poder de la venganza de la derecha, de lo que le puede suceder a quien se alce contra los privilegios de algunos. El golpe de estado de 1973 vino para quedarse un largo tiempo con nosotros, y reaparecerá en la memoria colectiva con cualquier excusa, la de hoy fue un funeral.

Pinochet representa nuestra línea valórica, nuestra capacidad de aguante, nuestro propio Hitler, es parte de nuestro imaginario colectivo como Nación, como país por construir, la opinión que tengamos sobre él se la trasmitimos a hijos y nietos, es lo que esperemos que ellos hagan frente a los derechos humanos, en que lugar lo ubiquen, qué deben respetar y hasta cuándo. Pinochet es la línea divisoria del país entre, vivir en Lo Curro y La Victoria, entre quienes valoran primero el valor del poder, la disciplina y la riqueza y quienes ponen en primer lugar el respeto de los derechos humanos, la democracia y la soberanía popular, una fisura para el siglo 21.
2) Bachelet: Cuando la política comunicacional es no tener comunicación, cuando la recomendación es no aparecer no opinar, entonces la protección, el blindaje se vuelve ocultamiento, negación. El papel de un líder político es tener opinión, y sobre todo en momentos de hechos políticos trascendentes, de conmoción pública, tomar posición, valórica y política, cuando no hay palabras, ni opinión, los líderes se vuelven asépticos y asepsia inocua, insípida, en definitiva intrascendente. Puede sumarle algunos puntos en las encuestas quizás, pero ha dejado de ser un líder de opinión. No existe diferencia entre la actitud de Bachelet y algún otro nombre como presidente. En los hechos, frente a la muerte de Pinochet, nadie en su sano juicio le habría dado honores de Estado, eso estaba claro, pero había que tener valor para decirle no al Ejército en su intención de hacer un acto político trascendente de los funerales de su capitán general benemérito. La línea del medio no siempre es la más justa, ni la correcta.

Lo siento Michel, me cae bien, pero su primer año de gobierno ha estado marcado por lo que es, un político de nivel medio, querido por la gente, pero sin grandes luces, sin frases que recordemos, sin ánimo de trascendencia, de guiar un país a un norte valórico, como diría Allende no es carne para mármol, solo acomodarse a una realidad cambiante, callarse ante la movilización de la gente. En la muerte de Pinochet el ejército golpista hizo lo que quiso. Deberá ser esa nuestra opinión del primer año de gobierno, la abstención, la falta de iniciativa, quedan otros tres, Bachelet ha demostrado poder sobreponerse a la adversidad, aún puede.

3) El Ejército y los nietos: Estaba claro que el ejército reconoce a Pinochet como su líder y por tanto a su actuar como el correcto, el discurso del Comandante en Jefe actual no hizo más que reforzar lo entendido por las imágenes, el Ejército de Chile es a imagen de Pinochet y su vocación autoritaria está intacta, por lo demás ¿alguien a intentado cambiarla? Siempre el Ejército ha justificado el golpe y sus consecuencias, todas sus consecuencias y lo seguirá haciendo mientras nadie se esfuerce por hacerle entender lo contrario, el gorilismo llego la ejército para quedarse y ese mensaje lo reforzó Izurieta y el nieto de Pinochet para dejarlo claro. Bachelet no pedirá la renuncia del comandante en jefe por sus dichos golpistas, ni ella ni ningún otro presidente de la Concertación o de la Alianza, hay un acuerdo tácito, y cierto temor de la clase política, el ejército y su comandante no se tocan, ni las decisiones de compras militares, ni la carrera armamentista, la ministra de defensa sólo es un elemento decorativo.

Sin embargo, un hecho aparentemente menor y nada espontáneo, es el que marca la jornada, con dos actores para nada intrascendentes. Los nietos de Pinochet y Prats jugaron cada uno un papel, un rol dado por el país que vivimos, uno desde la testera, la voz principal, como oficial de ejército activo le es permitido un declaración golpista de tanta trascendencia como la del Comandante en Jefe, en definitiva el legado permanente del golpismo en las fuerzas armadas, alguien piensa que las palabras no fueron preparadas con anterioridad, ¿quién lo vería previamente un Pablo Rodríguez o FJ Cuadra? En política no hay casualidades. En tanto el otro nieto del general Prats juega el papel de la reivindicación, del grito, de la dignidad, en este acto del escupitajo, hay que tener cojones para ir al nido de las víboras y escupir en su tumba, cojones, decisión y un resentimiento profundo, un sentimiento golpeado.
Dos jóvenes opuestos que nos marcan el futuro, el país que nos entregan Pinochet, Bachelet y todos quienes manejaron y decidieron la cuestión pública todos estos años, un oficial golpista y un nieto de víctima de las violaciones de los derechos humanos, sin justicia, para ellos las instituciones no funcionaron.

Mientras la derecha y el Ejército están preocupados del largo plazo, el Gobierno se preocupa de bajarle el perfil y que no tenga efectos en las encuestas, poder sobrevivir a las tempestades pareciera ser la consigna. Pero lo importante es la herencia que perdura esa que marcará nuestro destino individual y colectivo por muchos años, esa que nos condena a vivir en una sociedad injusta, antidemocrática, conservadora y llena de miedos, quizás esa sea una particularidad de nuestra dictadura, la mirada fría estratégica y racional para refundar el orden oligarca que los rotos se habían atrevido a alterar…

En fin, como dijo Scarlett O´hara “Mañana será otro día…”

* Profesor de Historia, Magister (c) en Ciencias Políticas

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CENDA frente al proyecto de Reforma Previsional

Declaración Pública

El Gobierno Propone una Reforma de Pensiones a Medias:
El Estado Continúa Pagando las Pensiones de los Pobres.
La Clase Media Permanece a Merced de las AFP, con Pensiones Inciertas e Inferiores a las del Sistema Antiguo.
Los Grandes Conglomerados Financieros Continúan Apoderándose del Ahorro Forzoso de los Chilenos.

El Gobierno de la Presidenta Bachelet, cumpliendo con lo prometido en su programa de gobierno, ha presentado un proyecto de ley con un amplio plan de reforma del sistema previsional. Al cabo de un cuarto de siglo, éste se ha demostrado incapaz de ofrecer pensiones dignas a los chilenos. Según la reforma propuesta, el Estado otorgará una pensión básica a la mayoría de los afiliados al sistema, cuya capacidad de ahorro es insuficiente. No se toca, sin embargo, el mecanismo de capitalización individual, que se mantiene como pilar único de las pensiones de la clase media, las que continúan igual que ahora, inciertas y de montos muy inferiores a las que otorga todavía a algunos el antiguo sistema de reparto. Las más perjudicadas continúan siendo las mujeres. Por otra parte, los tímidos cambios anunciados al sistema de administración de pensiones no lo modifican tampoco en lo fundamental, puesto que se obliga a los chilenos a continuar afiliados a una AFP. Incluso, éstas adquieren todavía mayor discrecionalidad en el manejo de los fondos de pensiones.

La pensión básica propuesta es de $75.000 mensuales, similar a la actual pensión mínima, y cuyos únicos requisitos son haber cumplido 65 años y pertenecer al 60% de menores ingresos de la población. La misma se otorgará, de modo decreciente, a todos quienes perciban pensiones AFP inferiores a $200.000 mensuales. Se ha anunciado un calendario de pago que se inicia el 2008 y culmina el 2012. Una propuesta similar a ésta, con menos requisitos, fue presentada por CENDA a la Comisión de Reforma Previsional, y la misma puede aliviar la situación de la mayoría de los afiliados a las AFP, quienes estaban condenados a no recibir pensión alguna, o muy exigua. No se aprecian motivos, sin embargo, para postergar por varios años la plena puesta en marcha de esta medida, la que perfectamente puede entrar en vigencia a partir del 2007. Parece inadecuado, asimismo, mantener la obligación de demostrar pobreza para tener derecho a recibirla. Si se quiere poner un límite, que se haga por arriba. Es decir, en lugar de forzar a los que poseen menos a la indignidad de demostrarlo, que se excluya a los más adinerados, permitiéndoles apelar si no lo son tanto como parecen. Tampoco hay motivo para que se amente por esta vía indirecta, a 65 años, la edad de jubilar a las mujeres, que tienen hoy día derecho a jubilar a los 60 años.

El establecimiento de la pensión básica, y la estimación de sus beneficiarios en más de un millón de personas, significa que el Estado reconoce que el sistema de AFP no es capaz de otorgar pensiones mínimas a la abrumadora mayoría de los adultos mayores, los cuales son en la actualidad un poco más de un millón y medio de personas. La privatización del sistema previsional, ha significado que, a partir de 1981, el Estado ha debido asumir, con sus propios recursos, el pago de todas las pensiones, incluyendo aquellas pocas pagadas por las AFP, las que se han financiado íntegramente con subsidios públicos. La reforma asume que esta situación se prolongará en buena medida, indefinidamente en el tiempo.

La reforma no toca el sistema de capitalización individual. Dicho mecanismo continúa siendo el único pilar sobre el cual descansan la previsión de quienes aspiran a pensiones superiores a $200.000 mensuales. Ello significa que la clase media asalariada continúa con pensiones de monto incierto, y muy inferior a las que todavía otorga el sistema antiguo, especialmente en el caso de las mujeres. Según lo demuestra la estimación de su propia AFP, una mujer que ha cotizado sin pausa a partir de 1981, por la remuneración tope imponible de 60 UF, puede aspirar al cumplir 60 años a una pensión de $460.000 al mes. De haber permanecido en el sistema antiguo, dicha mujer habría jubilado con la pensión pública tope, que actualmente es de $880.000 mensuales. Por lo tanto, el daño previsional inferido por el cambio al sistema de AFP es del orden del 100% de su pensión. Si este es el caso de una persona que ha cotizado sin pausas y por el tope – menos del 1% de los afiliados se encuentra en esta situación -, es fácil imaginar cual es el daño de quienes han cotizado por montos inferiores y con algunas lagunas. La reforma no cambia en nada la situación de esta mujer, ni la de millones de personas cuyos derechos previsionales han sido cercenados de este modo por la privatización del sistema previsional en Chile. Su situación se agravará cuando sobrevenga un “crash” en las bolsas de comercio donde las AFP han invertido los fondos de pensiones, o se produzcan fluctuaciones de las tasas de interés internacionales. Ambas circunstancias, como se sabe, se producen con cierta periodicidad, de modo inevitable.

La condición mínima para que la reforma en curso adquiera legitimidad duradera consiste en reparar el daño previsional, es decir, igualar las pensiones otorgadas por las AFP a las que ofrece el sistema antiguo. Ello es posible si se restablece gradualmente el sistema de reparto, destinando parte de las cotizaciones previsionales al destino del cual nunca debieron desviarse: a pagar pensiones. Como han pedido los presidentes de la ANEF y la CUT en la ceremonia de presentación del proyecto de ley, el daño previsional debe ser corregido, restableciendo las cotizaciones patronales a un fondo de reparto, solidario. Ello permitirá igualar hoy las pensiones AFP a las del sistema antiguo, mantener el derecho de las mujeres a jubilar a los 60 con pensiones similares a los hombres los 65, y ofrecer a todos pensiones definidas y crecientes hacia el futuro. CENDA ha presentado a la Comisión de Reforma un detallado estudio que demuestra la factibilidad de esta medida. La misma debe ser implementada ahora.

Las propuestas para corregir los abusos de las AFP son cosméticas e insuficientes. Se continúa forzando a los chilenos a afiliarse a una AFP, aunque ahora se abre la posibilidad que el Banco del Estado administre una de ellas. No se han fijado topes a las comisiones, ni tampoco se han acogido las propuestas de CENDA y otras instituciones a la Comisión de Reforma, que sugerían establecer un sistema de administración de pensiones similar al que existe en Suecia. En ese país, todos están afiliados al instituto estatal de previsión, el que percibe las cotizaciones y paga las pensiones y otros beneficios, y al mismo tiempo arbitra un sistema de administración de fondos de pensiones en el cual participan más de 600 administradoras, a un costo muy reducido. La reforma en curso sugiere centralizar en el Estado la contratación de los seguros de invalidez y sobrevivencia, lo cual parece positivo. ¿Por que no se hizo lo mismo con la admnistración de los fondos de pensiones? Hay una propuesta de hacerlo, pero solo para los afiliados nuevos, y en este caso también se entregan los afiliados a las AFP, en lugar de mantenerlos afiliados al instituto del Estado. Muy por el contrario, se ha ampliado la discrecionalidad de las AFP para invertir los fondos de pensiones, incluso para mantener en el extranjero el 80% de los mismos. Ello es altamente riesgoso e inconveniente para la economía del país.

Los chilenos deben recordar cual ha sido el balance de la privatización del sistema previsional. Entre 1990 y 2005, se les han descontado 23 billones de pesos (millones de millones de pesos del 2005) a sus salarios con este objeto. Ello equivale a un 40% del PIB del 2005. En el mismo lapso, las AFP pagaron algunas pensiones y otros beneficios, por un monto total de 4.4 billones de pesos, sin embargo, los financiaron íntegramente con subsidios fiscales, principalmente bonos de reconocimiento, los que sumaron esa misma cantidad. Una quinta parte de los 23 billones cotizados, es decir, más de 5 billones de pesos, fueron a parar a los bolsillos de las AFP y sus compañías de seguros relacionadas, en forma de comisiones. El resto, más los intereses ganados en el período, conforman los fondos de pensiones. Sin embargo ¿donde se encuentran hoy día estos fondos? Más de la mitad de los mismos, están en manos de 12 grandes conglomerados privados – entre ellos los dueños de las propias AFP -, que operan en el país, y de 8 fondos de inversión en el extranjero. Los han recibido en préstamo, o como capital accionario, y no existe garantía alguna que los restituyan, como no sea su solvencia, la cual, como se sabe, es siempre relativa. Estos conglomerados, y las propias AFP, han sido los reales beneficiarios del ahorro forzoso de los chilenos.

Esta situación no cambia en lo más mínimo con la reforma en curso.

Centro de Estudios Nacionales de Desarrollo Alternativo, CENDA
Santiago de Chile,
16 de Diciembre 2006

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